Muda
La dicha no es una sola. Pasa
el tiempo y es lo mismo
la dicha y la desdicha.
Un perro enamorado lanza ayes a la luna,
quien permanece muda, luna sumergida
en sí misma ensimismada, animada, envenenada
por una luz siniestra envejecida.
Dicha suma tempranas alegrías, diminutas
felicidades consumidas, compartidas,
y tratamos de hablar y no podemos,
el recuerdo nos cierra la garganta,
triste es
recordar la dicha en la desdicha.
Y el perro enamorado olvidó su amor.
Retornó a casa, su dolor mordiendo,
mordido por dentro, por dentro muerto,
pobre perro humano desdichado.
No me hables de teléfonos. Son otra mentira.
Nadie habla. Sólo farfullamos nuestros dolores,
apenas susurramos nuestros fracasos.
Mentimos desde el estómago, mentimos para salvarnos
ignoramos la verdad
que se esconde en cada frente, en cada diente,
en cada caja, en tu bolsa, en la mía, prudente,
saber la verdad acerca de nosotros nos destruye,
nos elimina. Sabe a cero,
sabe a número primo, a número imaginario,
sabe a jugo de limón, a humanidad podrida,
a una humanidad huérfana que ya no conoce el sentido
de nada, y menos tu mente, menos tu corazón,
la víscera envenenada, amante de un corsario,
fugaz como un mercenario.
No lamento mi mudez. Seguiré como la luna,
y ladraré como un perro sin amigos, sin amantes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario