los sauces a la vera del camino que lleva al rio
y las solemnes tortugas
invisibles entre las piedras negras,
todo el cielo reflejado en el agua,
toda mi triste e inútil vida arrinconada en arcilla,
en arena ya desvencijada y podrida,
pronta a volverse polvo,
polvo y agua,
polvo y aire,
agujero enorme, torbellino violento de la vida que se va,
sin un adiós razonable
polvo y arcilla,
arcilla y cenizas.
Veré quizá las colinas doradas,
y las palmeras de plata,
una playa de fino polvo verde,
veinte mil caballos pastando
en las colinas doradas,
em tajamares azules bebiendo,
y los veré restregar sus cabezas,
yegya y potrillo.
haciendo risa de la muerte y del olvido.
Ah doradas colinas doradas,
pastos verdes de esta tierra cortés.
Escucha los ladridos de los perros,
a lo lejos, a lo lejos.
Todavía no te vayas. Falta que florezcan las glicinas.
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