No tengo alas, sólo garras infames
que destruyen las cosas que deseo tocar.
De todos modos, la brisa sola me destroza,
como si un viento huracanado hubiera tomado
todo este cuerpo ya cansado y dolorido.
Los niños tienen alas, los niños que el Adorado
ha extinguido despiadadamente,
porque son los únicos seres que le desconocen y desobedecen.
El Adorado los devora. Su hambre de mal no ha cambiado.
Pasan las guerras, vienen otras, y siempre él cambia de bando,
porque es su placer castigarnos a todos.
Por eso los viejos tenemos garras endurecidas,
no manos para hacer música, para tejer las fibras de las rosas,
para cocinar el alimento de los más desafortunados.
Los más desgraciados y los más privilegiados son los mismos,
los que ignoran cuánto odio se encierra en el pecho del Adorado.
Persuade a algunos que son sus elegidos, convence a otros que están marcados
por haber una vez desdeñado sus órdenes irracionales.
No nos ha elegido para hacernos felices. !Cómo hacer cientos de millones de planes
si todos esperamos algo diferente! El Adorado no conoce, no sabe, no habla, no escucha,
sólo respira jadeante, iracundo, maloliente, en llamas.
No hay cielo ni hay infierno, sólo la ira loca del Adorado.
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