Nada empareja la injusticia
la una y la otra se van por cada lado,
ilusión de distraídos, locura de ideales
conformados en la creencia del Adorado,
del Gran Embaucador,
quien nos prohibió comer del árbol de la vida.
¿Y por qué el saber también es malo? ¿Por qué él lo prohibió también?
Oh cuánta risa me da cuando oigo a alguien decir,
seriamente, tremendamente serio,
que "el hombre es libre; el Adorado lo fabricó con libre albedrío!".
No hay nada de la nada, no hay nada del tiempo y del derrumbe,
no hay nada de la depresión y de la vejez,
nada del tiempo del hambre y de la tortura,
nada de cuántos mueren con los intestinos secos, vacíos.
Nada empareja la justicia, el bien, la libertad, el conocimiento de la verdad.
Tirados en un planeta de primera
nuestra rutina es caminar treinta y cinco kilómetros para traer agua.
Cada día. Cada hora de nuestros miserables días. Cada minuto de nuestra fragua.
Sin saberlo sabemos que ahogarse es necesario.
La injusticia es el metro, es la medida, es lo racional, es la locura espantosa
de quienes ríen de las cosas, de quienes ni siquiera imaginan la felicidad.
¿Por qué vivir? ¿Por qué hablar? ¿por qué comer? ¿por qué llorar?
Oh! Sólo eran bromas de una vieja tonta
que duerme bajo el puente del Leteo.
Y como Er concluye
que vive lo que sueña, que dormir es tambén morir,
que una temporada en el Hades
te da sabiduría para toda la vida.
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