sábado, 11 de septiembre de 2010

Almendro en flor en otoño.

La poesía sale del mismo tronco que las entrañas
más profundas y sangrientas
de cada uno.
La poesía busca lo más austero y puro
de nuestro ser,
es una roca en el corazón
tembloroso y sangriento.
Cura las heridas supuradas,
toma tus manos como ortigas
hasta llegar a las tripas doloridas
y sufrientes, aliviando tus dolores
sin eliminar los males:
sólo tú quedas más fuerte.
Y la felicidad que no te da, es fortaleza,
es felicidad, en la que la felicidad vendrá,
nunca de fuera. Olvidemos el mundo y sus fantasmas,
olvidemos las pasiones y sus fuegos fundidos,
derretidos, como pájaros de muerte en las manos.
La melancolía guarda las cenizas, las entibia, te besa
como besas la frente del muerto cubierta con un tul.
La poesía es cruel y no le teme a la sangre que derrama,
porque aunque te revuelve las entrañas
no te abandona ni te engaña.
Te da la verdad como un regalo:
la única verdad, que es la tuya, la mía,
la de Federico y la de Antonio,
la de Teresa, Miguel y Rafael,
la de Delmira y la de Cirse,
la de Lope, la de Juana y la de Gala.
Son todas verdades de una misma raza,
las verdades que la aritmética pone en álgebra,
traduciendo así una simple suma
en fórmula general.
Y te acompaña hasta la muerte, cuando alguien
invoca al rey David y a su canción
y te dice no temas, que alguien te acompaña.

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