He mirado los árboles.
Pequeños capullos son los brotes nuevos,
que serán ramas,
como otros botonos sonrosados, blancos, amarillos,
que serán flores,
para luego ser frutos.
A pesar de esas señales prometedoras
el cielo está gris
gris como me siento
gris como un muerto
por eso tal vez
la primavera es obscena.
No son mis palabras.
Fue T.S. Eliot quien lo dijo.
No exactamente así, pero lo dijo.
Se acerca este tiempo y no puedo apenas soportar
como la vida se me echa encima
como pretende publicitarse
como quien vende una casa
un auto, una lavadora.
Ella misma es su agente de publicidad
y eso me repugna.
¿Por qué solo asociamos felicidad con la primavera?
¿Porque todo parecía muerto y resucitó?
No las plantas que yo amaba y el invierno congeló.
No las que un seco otoño dejó como mártires
grises y arrugadas
en una maceta.
El logo promotor de este tiempo
debiera ser el trabajo,
la mejor condena que hemos recibido.
El saber fue también un castigo,
pero expulsarnos del Edén de eterna primavera
era un castigo que, sin saberlo el Inasible,
se transformó en recompensa.
El premio es el trabajo.
El premio es poder trabajar.
Lástima que ya somos incapaces de movernos
y de andar,
cuando advertimos esta simpleza tan obvia
como la ortiga
que crece entre otras hierbas, nunca inútiles,
sólo sin conciencia.
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