Iré al país sin nombre.
Iré a la ciudad en la que me siento libre,
en la que mis demonios expulsan la noche
donde hablan sin saber muy bien lo que dicen,
un goajed en una cola, cuando a alguien le urge el tiempo.
Pero el tiempo no me persigue.
Me dicen que tengo que matarlo.
No son mis demonios los que hablan.
Ellos sólo me torturan,
y aunque ya no conozco rencores ni profundos dolores
son ellos los que mandan en estos cueros arrugados,
en estos huesos quebradizos.
Amo esa ciudad por la que he llorado como por una hija,
amo esa gente feliz que ha sido tan cruel,
amo a cinco seres que respiran ese aire,
y pueden aun dormir con puertas y ventanas abiertas.
Volaré un día a lo alto de una montaña.
Como una águila reina, vigilaré un ratonzuelo
royendo una bellota, una nuez, una mora.
Le espiaré soberbia, generosa en mi poder,
ansiosa de decirle
Puedo matarte, pero no quiero.
Tú, tú, haz lo que quieras.
Tienes tanto derecho a vivir como yo,
como yo a morir, de tanto masticar y masticar
mis demonios insidiosos, crueles, fastidiosos.
Los que con toda mi fuerza resisto
porque no son malos.
Sólo son el resto de mi infancia,
los miedos que me dejó la indiferencia,
la soledad que me quedó del desafecto.
Me quedaré muy quieta, sentada sobre
varias cajas de cartón.
Lloverá en Manhattan.
El teatro dejará salir fuera algo de su música.
Y me dormiré entre olor a orines y suciedades,
feliz de estar dormida para siempre,
acunando mi primera nieta americana,
en sueños, feliz de no tener que caminar sobre esa nieve sucia
y pisoteada, dura como el hielo, resbaladiza y negra.
No querré ir, creo. Estoy segura que a último momento
gritaré como loca, como cobarde enloquecida,
no me dejes, Señor, llévame al parque!y como cenicienta, toda cambiaré. La alegría,
la juventud, la curiosidad, el amor a todos,
me agarrarán por los pies y no podré nunca más volar.
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