domingo, 16 de diciembre de 2012

La puerta de Alda

Está abierta
una simple puerta
en una sencilla casa con huerto,
están esperándome
los árboles gigantes,
las rosas gloriosas, los pájaros cantores,
la puerta abierta
está abierta para mí.
Puedo verla, a unos cuantos metros,
quieta, aun así cariñosa,
como la vieja señora que visito.
Ella tomará su mate muy dulce,
yo amargo el mío.
Ella comerá pastelitos dulces,
yo nada más que mate amargo.
Conversaremos, la joven de setenta,
la vieja de ochenta y tres.
Nuestros recuerdos
son los de todas las mujeres,
desde que nos empujaron a las cuevas
a cocinar tener hijos limpiar animales muertos fregar
no sé cuántas cosas más
que aun hoy son nuestra jurisdicción exclusiva.
Ella es mi amiga Alda, la mejor de las personas
que he conocido en este mundo,
y aun así, aunque me conoce, me quiere
tanto como yo la quiero. Alda,
que la vida te siga generosa, que devuelva algo
de lo que tú con tus manos callosas
ya has dado. Alda, vieja amiga, sigue viva,
por favor. No te mueras nunca,
porque, cómo puede morir una persona así?
¿Es que no hay un archivo en el cielo?
¿Es que nadie ha escuchado a hijos, nietos, parientes y vecinos?
Yo te aseguro que hablaré por ti, gritaré por ti,
para que todos te vean así de bien
cuando cumplas los cien.

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