No tengo peso ni masa ni certeza,
voy por los caminos susurrando, sollozando, solitaria, escondida,
soy un muerto displicente,
vida, que no he regresado a reprocharte
vida que no me ha vuelto displicente
sino un leproso con la muerte en el camino,
con la piel vacía,
soy,
soy como la piel vacía
como la última muda de una serpiente sabiamente maloliente,
que mi disosmia impide percibir,
encerrada en su yo -en uno de sus yoes-
esperanza vencida, retenida, muerto espantado de la muerte,
enorme giba de bestia sufriente
que aúlla en medio de la noche
que la luna oye, que la luna escucha.
Llegaré con suerte a esperar la salida
a encontrar el desencuentro
hasta que te vayas sola, avinagrada.
Seguiré, caminaré por los caminos,
por los senderos descenderé
empequeñecerán mis ojos casi ciegos
para olvidar la náusea que me causan
iras y prejuicios, envidias y desilusiones,
un río sin destino, un barco sin puerto,
un alma sin afectos,
soy
un muerto que camina
solo como un ombú en medio de un desierto,
en medio de la nada,
seguiré, aunque fuera
caminando arrodillada,
sin prisa y fatigada, ya hipnotizada por la nada.
Miraré hacia otro lado, vespertina, cuando el párpado se cierre
y ponga llave, cuando expulsada
del Edén vuelva al vacío
obsesionada con la especie
multiplicarla y preservarla
para que el mal prevalezca en este planeta.
Tú me dejaste, oh dios de los infiernos,
me abandonaste, me despreciaste,
mi ofrenda no te agradó,
sólo viste los animales muertos que Abel te ofrendó.
Tú me expulsaste, como expulsaste a mi padre,
-¿mi padre?- . Ríe ahora
dios de los infiernos infinitos.
Llora ahora, perro sin dientes, violento vértigo de viento,
cuadrapléjico envejecido, de vientre negro,
siniestro, desequilibrado y solo. Dos veces solo.
Solo porque solo naciste y solo morirás, el día ensimismado,
la noche en que atravieses los espacios, viento de negro vientre, siniestro y solo.
La noche atraviesa la triste pena de haberte perdido
solitario y vacío,
aunque llenes mi casa de verano, de sol indígena,
de fría primavera, de lluvia empecinada,
pedigüeña, indigente, de frutas y flores resignada.
Tú estarás en el retorno del tiempo, en las olas del tiempo,
en las fuertes olas del viento del tiempo.
Soy Caín, que retorna y retorna
decidido a perdonarse y perdonar,
decidido a esperar y ser esperado,
Caín, el de la marca en la frente,
el que solo lleva ceniza en su mochila.
Así es el vivir, penar y penar, dolor y más dolor.
Pero yo te querré,
te querré un día entristecido y gris,
como mis entrañas grises y carcomidas.
Así me sentiré una vez vencida
víctima de leopardos y serpientes,
de cangrejos y abejas laboriosas.
Pero yo ya no busco mi comida.
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