Mi abuela amaba las glicinas azules
las mezclaba con las blancas,
las guiaba,
y formaba enormes palacios
castillos encantados de ramos de glicinas
cayendo en cascada hacia nuestras caras.
Los niños nos deleitábamos con el jardín
de mi abuela, doña Judith.
Mi abuela lectora, tejedora como una hábil araña,
generosa con sus medias tejidas con cinco agujas,
con sus colchas formadas por cuadritos de hilo tejido,
y aunque vistiera siempre de negro,
sus ojos color del cielo claro
brillaban para nosotros
como lucecitas entusiasmadas y llenas de humor.
Oh glicinas azules, seguid creciendo, llenad el mundo,
convertid el desierto en un castillo de glicinas.
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