La aguja iba y venía, veloz.
Una aguja de crochet
en manos de mi abuela,
y el ovillo de lana,
volando en el suelo,
dando vueltas cada vez que de la lana
mi abuela jalaba.
Pero de pronto el ovillo quedó quieto.
Las manos en un tiempo finas y delicadas
ahora no sabían de miles de arrugas
que las surcaban.
Pero es que sus brazos ya no sostienen el tejido
ni la aguja.
Es que mi abuela se ha desmayado.
Todos corrimos a uno u otro lado,
y vino su médico,
y nos miró a todos,
con los ojos muy brillantes.
Doña Judith se ha ido.
Esa frase fue lo único que pudo decir.
Mi madre y él se abrazaron.
Todos llorábamos.
Ya yace en paz. Ya el mundo puede seguir
en guerra continua.
Ya no está mi abuela para congelar con su enojada mirada
a los ´Stalin, los Hitler, los Stroessner.
Ya está tejiendo medias con cinco agujas.
Ya está buscando hilo para hacer preciosas cortinas.
Ya están sus libros apilados junto a los libros del abuelo.
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