lunes, 4 de abril de 2011

Tiempo y nada

Solo, y solo, y solo, es el destino humano.
Somos islas en medio de la nada,
Somos nada unos para otros.
El viento sopla, sopla las nubes rosadas, grises, blancas.
Nos llevan a mil lugares.
Mirándolas, vemos una cara.
Un edificio.
Un fantasma.
No tienen un lenguaje propio las nubes blancas?
Yo, sola, me encuentro entreverada con la gente
mirando el cielo blanco, el cielo azul, el cielo rojo, el cielo amarillo.
Una tormenta es para mí una fiesta.
La lluvia es el verdadero dios, es el  Tlaloc
que se acerca y me dice cuán hermanos somos,
cuán cercanos hermanos,
mejicanos, colombianos, brasileños,
no importa quiénes somos ni de donde venimos.
Sólo la esencia a menudo vacía de razones, pero plena de fantasmas
que en definitiva es la esencia humana.
El tiempo y la nada, eso somos. Criaturas robóticas
comandadas por el tiempo y la nada.
Se ha arrugado un papel, un papel que tenía escrito un poema.
Por cierto, no era mío, yo sólo escribo
estúpidos rengloncitos cortos. Esa poesía arrugada mil veces,
escrita con la sangre de un poeta, se agrietó y por sus fisuras
entró el tiempo.
El tiempo cruel, el tiempo comprensivo, el tiempo avergonzado.
No me habléis de tiempo justo. La justicia es un invento sólo para convivir.
Es un concepto tan vacío como la propia nada.
Sólo la necesitamos para estar amontonados y crear
esas extrañas cosas que llamamos civilizaciones.
Que sólo significa que vivimos en civis, que las ciudades son una cuna
una cuna que a veces se balancea y se cae,
y pasa un tsunami asesino,
y entonces decidme
qué es eso de justicia. Tiempo y nada.
Nada y nada.

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