domingo, 24 de abril de 2011

Un viaje.

Las heridas sangrantes,
rastreaba, moribunda, exhausta,
la corriente del tiempo.
En los altos álamos
el viento latía
la humedad de la niebla,
perfumaba el silencio,
rumoreaban sus hojas pidiéndome coraje.
Comenzaba la luz
a filtrarse sonrosada,
henchida de destellos.
Nada alejaba la música de los altos árboles.
Nada turbaba la lentitud
del tiempo demorado.
La muerte salvaje y despiadada
parecía tan lejana.
Tal vez enganchada en las espinas
de algún arbusto inocente.
Una garza blanca, blanca, blanca,
casi se arrastraba, caminaba o andaba
con trabajo,
los dedos enrollados, un ala sangrienta.
Detenido, el viento abrazaba el tiempo.
Independiente, orgullosa y altiva
la naturaleza mantenía un silencio lleno de rumores.
Más allá de los álamos, más allá del arbusto,
donde la muerte dejó parte de su negra capa.
Continué, curiosa, buscando la fuente del tiempo.
El tiempo, que todo lo olvida, todo lo borra, todo lo acaba.
Sin senderos ni señales, ni signos de números o palabras,
estaba perdida,
como si mi vida fuera una selva alejada de todo.
El tiempo no rescata, el tiempo mata, el tiempo olvida.

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