Esto era una tontería. Tres mujeres crecidas, abuelas dos de ellas, sentadas bebiendo cerveza con los atorrantes del pueblo. No lo podía creer. Las miré apenas, pues me sentía avergonzado en un ambiente así, que yo no esperaba, con viejas maquilladas hasta casi parecer payasos o papagayos, y vestidas con profundos escotes que se perdían entre los pliegues de sus carnes fofas. Bueno, me dije, este era mi pueblo, este era mi bar cuanto tenía 17 años.Acá veníamos con papá los sábados de noche, después que habíamos ayudado a mamá a terminar de lavar los platos de la cena, que en esos tiempos era, todos los sabádos a la noche, claro, un asado hecho por mi padre. El trabajaba toda la semana. Mamá sólo usaba el horno de la cocina. Y un asado tenía su ritual, no podía ser en el cerrado y siniestro horno de una cocina. Así que papá llevaba la batuta en la cocina, al menos los sábados. Mamá, además, no sabía siquiera prender fuego en la salamandra. Quemaba entre cinco y diez diarios, por los menos, y enteros , claro, antes de tener listo siquiera un
un comienzo de fuego, un esbozo de llamita. Quemaba 5 o 6 diarios, e igual no podía.
"Y qué hago ahora?", me pregunté mientras me acercaba al ancho mostrador. Había llegado al pueblo después de varios años, hasta me había casado, y quería saludar algunos amigos. El principal, Pedro, el dueño del boliche. Miré para todos lados y no vi nadie conocido. Sòlo un panzoncito sonriente, y con poco pelo, sentí que me miraba y se sonreía. No tardó un segundo en gritarme, "Caín, Caín, Cain! Has venido!". Estaba enloquecido de alegría, y yo de emoción. Pescábamos juntos los tres, mi padre, Pedro y yo. Pero Pedro era el único religioso del grupo, de modo que le habíamos comenzado a llamar "Lucifer". "No te queremos sacar nada, viejo, ni la maldad, pero tampoco la luz, y lucifer viene de luz, de seguro", le decía mi padre. "Has venido por fin de vuelta a casa!". "Sí, Luci, he venido de vuelta, y no sabés lo que me gusta verte, a vos y a todas esas botellas en los estantes". Caminamos ambos hasta el fin del mostrador, y nos abrazamos como lo que éramos, viejos amigos como un padre y un hijo, todo al mismo tiempo. "Caín, Caín, Caín", repetía él, mientras dos o tres lágrimas le corrían por las mejillas. "Vine por fin, verdad;". "¿Estás contento,viejo?". Y esa pregunta nos agarró diciéndola los dos al mismo tiempo. viej¿<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<¡Esdtás co
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