No entendí nunca lo que era la vida.
No entendí jamás la necesidad de creer en Dios.
Me he descuidado de todo. Soy presa de mi propia traición.
El sol no me mató. Ni la lluvia. No necesito de nada.
He desaparecido.
He estropeado todo lo que creí que quería.
Los alimentos que ingiero, los deletéreos olores que aspiro,
dentro de mi entraña se amontonan
y conviven sin ninguna antipatía.
Un día supe que lo único justo es el suelo.
Supe que somos islitas de principio a fin,
pero miembros indisolubles de una trama desechable,
de un episodio de teleteatro que ves y ves una y otra vez.
Y haces y rehaces, cual Penélope marcada, cansada, mareada, furiosa, frustrada,
que abigarra su tela de día, mezclando con oros fibras de arpillera, de esparto,
tratando de huir del espanto, de estar solo, acosado, inidentificable,
y añadiendo a su mezcla bordados de perlas, amatistas, cantos rodados,
diamantes con fémures blanquecinos, perlas con agatas rojizas,
inventando flores y retratos, con Ulises siempre en su mente.
De noche la gana el desaliento. Todos estamos solos en la noche,
cubiertos quizá por las mismas nubes,
iluminados quizá por las mismas estrellas.
"Pero yo te sufrí" yo te dije que el dulce envenenaba,
te dije que no confiaras en el amor, Federico, amor mío,
"rasgué mis venas" y repetí que todo son hormonas y sinapsis gloriosas
que un buen día conocen la niebla del olvido.
Pero no yo. Nunca olvidaré. Daré mi cuerpo al viento hasta que llegue al tuyo.
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