jueves, 19 de agosto de 2010

Soy pena, y nada más.

No me engañaron. Me dejé engañar.
Caía nieve dentro de mi cuerpo.
Cada respiración una tortura.
Cada parpadeo, una brutal ceguera.
No había sangre en mis venas.
Sólo, tal vez, sulfato de hierro,
bisulfito de sodio,
rubíes aplastados.
Maloliente y engañada.
Engañada y anémica de rosas,
anémica de jazmines,
de pensamientos alegres.
Por fin ese tiempo terminó.
Mientras salía a la vida,
tuve un breve soplo de esperanza.
Pero nací, ya ya no puedo dejar de llorar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario