Ajena a todo, presa de mis propias traiciones,
el sol no morirá, aunque creo sólo en la nada.
He descreido. He estropeado. No entendí nunca lo que es la vida.
Jamás entendí qué significa Dios de verdad.
Cuánto me parece estúpido hoy,
ya een el camino de regreso, regresar y descender.
Sentir las verdades desnudas apoderándose de a poco
de un cerebro carcomido.
Los alimentos que debo ingerir, los deletéreos venenos que me matan,
dentro de mi entraña se amontonan
y conviven sin ninguna antipatía.
Oí una vez que el suelo
es lo único justo: nos sostiene a todos por igual.
Oí otra vez que somos islitas de principio a fin, pero miembros
indisolubles de una trama desechable, que haces y rehaces una y otra vez
cual Penélope marcada, cansada, furiosa, frustrada, y que teje abigarrada tela
por el día, bajo la luz brillante esperanzada,
mezclando todos los hilos de oro con fibras de arpillera, de junco, de esparto.
Diamantes como carbones, pelas con agatas doradas, inventa flores y retratos, con Ulises siempre en su mente.
De noche la gana el desaliento. Todos estamos solos en la noche,
cubiertos quizá por la misma nube, iluminados quizá por la misma estrella.
"Pero yo te sufrí, rasgué mis venas", yo te dije que el dulce envenenaba,
te dije que no confiaras en el amor,
todo son meras hormonas y sinapsis gloriosas
que un buen día conocen la niebla del olvido.
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