sábado, 21 de agosto de 2010

La oscuridad. (Para Nico).

Era un glorioso atardecer. La luna apenas asomaba.           
Seguí caminando por ese esbozo de senda, no más ancho que mi mano,
  Entre matorrales y árboles desconocidos. Vi ante mi, de pronto, la gran casa.
Encontré  la casa de los horrores, pensé, quedamente.
La llave sobre el dintel, llena de polvo y arenisca,
se deshacían los óxidos del tiempo, se iba el misterio del entorno.
La puerta abrió sin chirriar, silenciosa, oscura, con el olor húmedo
de aquello mucho tiempo encerrado. De aquello mucho tiempo escondido.
El anochecer caminó de prontro, las luces no funcionaban. Sólo se veía la luna,
Quieta como una hechicera, esperando, clara, a través de ventanas sin cortinas.
Y el murmullo aterrador del viento, que susurraba palabras, que aterraba con palabras,
Escuchadas entre silbidos, mágicas palabras que abrían y cerraban puertas y ventanas.
De pronto un golpe. Mis ojos se vuelven, y al pie de la escalera que aun no había visto
Se levanta un cuerpo oscuro y maloliente. "Soy yo, soy yo, que te esperaba!!"
Gritó la voz enardecida, locamente entusiasmada de la muerte.
Corrí detrás de mí, la mirada oblicua, la frente desdichada, la palabra muda,
Un hacha y un martillo en cada mano. Y tomé por la manga de su abrigo
ese pobre desdichado, a quien dio por encontrarme
el único día que yo no trabajaba. Rebané sus huesos como manteca,
armé un paquete sólido, apretado, y caminé de vuelta por la senda
otrora de mi vida.
La luna, indiferente, bostezó de puro aburrida. Nadie sabe que somos hermanas.

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