Y vinieron cuervos multiplicándose en abismos de miedo.
La sal y el oro, la miel y la hiedra del pelo
bañando las colinas.
Flores de piedra y alacranes memoriosos vinieron con los cuervos
devorando la tela de las plantas.
El mayor de ellos, el cuervo de la mirada azul y cuerpo de langosta
clavó en el mísero hombre una estacada mortal,
hecha de hielo y de descuido.
Fueron muriendo los hombres, uno a uno, hinchados y negros como carbones,
y el de la mirada azul y cuerpo de langosta
a quien todos llamaban Adorado
resolvió el problema de la tierra rebelde.
Cuántos ladrillos apilados, y piedras de cuerpos calcinados, y avispas de ceras
de ceras y de mieles en la tierra sumergida, por otras tierras devorada.
Arqueólogos sin alas rodaron con sus capas laminadas
sus hachas cortantes, voladoras, e invadieron la tierra sin humanos.
La guerra había destruido ceibos, álamos, cardos, ortigas, hormigas y leopardos.
No había sino unos pocos niños ciegos
que los Arqueólogos clavaron en bastidores de madera,
clasificados resguardados bajo vidrios.
El Adorado interrumpió su lento paseo pues sus largas alas
se arrastraban por el suelo. Observó los niños muertos, retiró los vidrios.
Mal ajustado el bastidor de madera, reducida la carne por la muerte, el niño rodó
a sus pies, y el olor de lo podrido subió a las células olfatorias del Adorado
que encontró apetitoso al caído.
Lamentó, después de relamerse, cuánta muerte injusta y apurada,
cuánta sabrosa carne despreciada. Y voló al río más cercano a fecundar
los huevos del futuro.
La tierra sigue dando vueltas.
Sólo el Adorado
es consciente del crimen cometido.
Será que la destrucción total llegará de ese modo?
ResponderEliminarLas imágenes tan vívidas te dejan con esa impresión...
O tal vez aun quede una esperanza de renacer de las cenizas.