Un niño caminaba solo
al borde de la carretera.
Un sombrero de paja, viejo, deshilachado,
protegía solo su frente.
Los negros perros se lanzaron contra él,
como un enorme cargamento de carbón,
como si fuera una tonelada de malditas joyas de azabache.
Pero el niño no sufrió ni un rasguño.
Su boca estaba abierta en una sonrisa
cuando su padre lo alzó en brazos.
¿Por qué lloraba ese hombre?
Su rostro era duro como el metal,
su expresión indescifrable.
Pero sus ojos brillaban como las gotas de rocío.
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