De una a otra vez
el agua refrescaba al hombre solo.
En medio de un monte de álamos
y cada vez más despacio
cae su cabello.
Sus manos cuelgan
como las prendas de vestir
en las ofertas de las tiendas..
Frías, llanas, blancas.
Ha entrado en el estadio prohibido
y nadie lo ha advertido.
Arrojó al cesto de la vida
la suya propia, apagada por el hambre.
Es posible que ya esté
al borde del paraíso.
Es posible que ya nadie llame por él,
y que nadie le busque.
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