miércoles, 9 de febrero de 2011

Los descensos I

Ajena a todo, presa de mis propias traiciones,
el sol no morirá
qunque creo sólo en la nada.
He descreído. He estropeado. No entendí nunca lo que es la vida.
Jamás entendí qué significa Dios de verdad.
Cuánto me parece estúpido hoy
ya en el camino de regreso, regresar y descender.
Sentir las verdades desunidas apoderándose de a poco
de un cerebro carcomido.
Los elementos que debo ingerir, los deletéreos venenos que me matan
dentro de mi entraña se amontonan
y conviven sin ninguna antipatía.
Qí una vez que el suelo es lo único justo
nos sostiene a todos por igual
Oí otra vez que somos islas de principio a fin
pero miembros indisolubles de una trama desechable
que haces y rehaces una y otra vez
cual Penélope marcada, cansada, furiosa, frustrada
que teje alegremente por el día, bajo la luz brillante esperanzada,
mezclando todos los hilos de oro con fibras de arpillera, de junco, de esparto
diamantes como carbones, perlas con agatas doradas
crea flores y retratos, con Ulises siempre en su mente.
De noche la gana el desaliento. Todos estamos solos en la noche
cubiertos quizá por la misma niebla, iluminados quizá por la misma estrella.
Pero yo te sufrí, rasgué mis venas, yo te dije que el dulce envenenaba
te dije que confiaras en el amor
aunque todo sea meras hormonas y sinapsis gloriosas
que un buen día conocen la niebla del alma,
la cara del olvido,
la barba del olvidado.

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