Traté de rescatar una cigarra
entreverada en espinas de tuna,
temí que dejara su esqueleto
y que se marchara desnuda.
Admiré en ella la ausencia del miedo,
esa desintegración que me envuelve
mientras mis pensamientos se detienen.
Amo las cigarras, no sólo por su canto,
sino por esa extraña vida
que las tiene tanto tiempo bajo tierra.
Ella no conoce el pánico,
el regreso a la nada del alma humana,
el regreso a lo ignorado
e ignorado por completo.
Una vez liberada, caminó tres pasos torpes,
y retomó vuelo con la rapidez de la luz.
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