La humedad de las rocas
parece arrancarme los pulmones.
He tosido hasta el estómago.
He perdido mi brújula
y no sé por dónde continuar.
No hay senderos.
Hay miles de pisadas mezcladas,
imposible saber a qué pertenecen.
¿Animales? ¿Animales humanos? ¿Trífidos?
No lo sé.
Tengo miedo del miedo que comienza a deformar
las cosas que veo.
Tengo miedo de la nada, escondida tras otra roca.
Tengo miedo de la vida, traicionera y rigurosa.
Tengo cientos de demonios en mi pecho,
demonios que han crecido conmigo,
que me han acompañado a la Escuela Dominical,
a la Escuela, al Liceo,
y me liberan cuando suena la música.
Vivo en una ópera, vivo en un teatro,
vivo en un concierto, vivo en una balada
o en decenas de sinfonías.
Las pisadas se han interrumpido.
Una pared lisa como el granito pulido,
ahora quiere aislarme.
Oh señor de los caprichos,
señor de las ideas peregrinas,
ya no te preocupes,
dejaré de luchar,
que es lo mismo
que dejar de preguntar.
De algún modo me iré, traspasaré
este obstáculo,
volveré a ser inmaterial e invisible y triste,
como corresponde a una loca que ha escapado
del manicomio hace dos días.
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