Se derrama en los ojos,
cae por el cuello,
tus quejas sólo lo vuelven más doloroso,
más patético, más desesperado.
El ser es el último abismo,
como en hincados cuencos, somos,
y el llanto vuelve si pensamos sólo una pena.
Las puertas se cierran
una a una.
Caen como gotas
como rayos
hacia el mar
y los inevitables ocasos
como cansados descansos.
Se acabó. En adelante
sólo resta contarlo y ver la gente.
Abrazar las multitudes infinitas.
Llorar sin cálices
en los frescos cuencos de la derrota.
Se acabó. Las puertas ya se cerraron.
Y quien pensaba vivir ha quedado convertido
en un bloque de sal,
quien pensaba llegar a su vejez y descansar
ya se quedó dormido para siempre.
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