Cada gota parece un diamante
lentamente lentamente formándose.
Llueve lento
desganado
en el primer día del otoño.
Las hojas caídas han formado una alfombra
que un rey querría pisar,
un emperador,
una simple mujer encendida de luz,
que ha llegado a los setenta gimiendo su ceguera,
y ahora sabe que era felicidad.
Esta tierra, que creéis profana, sucia, infame,
lo es ciertamente
pero es también un mar de tierra y de mar sagrados,
tanto como si todos los dioses de todas las religiones
hubieran hecho aquí un congreso para declararlo así.
Sólo nosotros no sabemos que pisamos suelo sagrado,
que olemos aire sagrado.
El aroma que sentimos es de las flores que surgen
de una tierra que parecía muerta,
carbonizada,
pero es el alma de nuestros muertos,
que nos contemplan sin envidia alguna,
en silencio, tomados de la mano,
sus mentes coordinadas como fortines
sus ojos dulces como la miel,
como el néctar de las flores en que se han transformado.
Pereceremos así, de uno en uno, sin ser jamás juzgados.
Somos un grupo lastimoso, no merecemos la justicia,
si ni sabemos qué es
de dónde sale concepto tan arrepistado, arremingado,
atado al tiempo,
remendado de fuego y espada
envuelto en palabras vacuas y estremecidas.
Llueve. Es otoño. Las hojas amarillas y marrones
forman un sendero que cubre la tierra sagrada.
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